México debería  invertir en un cambio hacia el futuro, en las energías renovables.

Así lo asegura Jeffrey Sachs, profesor de economía de la Universidad de Columbia “México puede ser una superpotencia” de este tipo de la energías limpias, por lo que más que pensar en devolverle su antigua gloria a Pemex, debería crear empresas que apuesten por fuentes energéticas como la solar y la eólica.

Pero no es el único, John, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, advierte que la energía eólica, la solar y las nuevas formas de almacenamiento de energía, están a punto de proveer de manera conjunta, energía casi libre de carbón a un costo similar o más bajo que la producida mediante combustibles fósiles.

Deutch recomienda eliminar regulaciones y subsidios para que sean los propios inversionistas privados quienes corran los riesgos, y así determinen si las energías renovables son económicamente viables.

El gobierno de México tiene que crear un “marco regulatorio”

Gracias a las nuevas formas alternativas de almacenamiento de electricidad –con la siguiente generación de baterías más económicas y eficientes que las actuales de ion de litio–, será posible acumular y transportar la energía solar y la eólica donde y cuando quiera que se necesite, asegura Deutch.

El planeta está justo en el umbral de una auténtica revolución tecnológica en materia de energías verdes, y estados como Oaxaca o Chiapas –los más pobres del país–, con tan alto potencial generador, tendrán una oportunidad única en su historia.

Con los incentivos adecuados y un marco regulatorio no restrictivo, podríamos alcanzar en México un objetivo dual muy ambicioso: atraer grandes capitales para la inversión, y elevar el bienestar de los habitantes con inversión productiva en los estados con mayor índice de pobreza y marginación.

Dicha revolución tecnológica debería ser aprovechada por México. Los viejos años de gloria del petróleo están detrás y no van a volver. Insistir en construir refinerías, usar carbón para producir electricidad, etc., es sólo una costosa necedad que condenará al país al atraso, la contaminación y quizá a una crisis energética y fiscal de grandes dimensiones.

En cambio, con la apertura competitiva adecuada a la inversión y un marco regulatorio no restrictivo, podríamos alcanzar un objetivo dual muy ambicioso: atraer grandes capitales para la inversión, elevar el bienestar de los habitantes con inversión productiva en los estados con mayor índice de pobreza y marginación, y por si fuera poco, estaremos contribuyendo además a la preservación del ambiente. Ese es por mucho, el mejor camino a seguir.